martes, marzo 22, 2011

Telenovelas, instrumento importante para abatir rezago educativo: Lujambio

El Secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, dijo, cuando le entregaba el Reconocimiento al Compromiso con el Futuro de México 2011 al productor de telenovelas Juan Osorio, que “la televisión, que muchas veces se le llama la ‘caja tonta’, puede también ser la ‘caja más lista’, el instrumento más poderoso para la educación de millones y millones de personas ” (José Antonio Román, en La jornada 18/mar/11). Y ahondó: “Y Juan Osorio dentro de sus novelas promueve al INEA, qué instrumento más poderoso que ése”.

Con lo anterior, Alonso Lujambio dejó claro que el melodrama en la televisión educa y forma a las viejas y nuevas generaciones. La escuela —que nunca ha sido buena— no tiene la fuerza y la injerencia del melodrama en las personas. Así pues, debemos dejar a un lado la reforma de la educación básica, la reforma de la educación media superior y poner atención —con cuaderno y lápiz en mano— a la barra educadora de Televisa y Tv Azteca donde los sentimientos se purifican (Esa hembra es mala… pero tiene corazón) y el alma se descarga y se desnuda.

El melodrama moderno no sólo pone de manifiesto la psicología nacional (olvidemos las interpretaciones freudianas y de Marcuse) sino que la construye. “ser o no ser y yo soy”, dice Teresa. Y su asenso social no llega —obviamente— por la educación universitaria sino por la seducción que el melodrama, a momentos pone como ejemplo y luego censura. Otra forma de ascender es el caso del médico (pobre) del mismo melodrama. Su ascenso —siempre hay ascenso para los de almas puras— no es por ser médico sino por ser un alma de nobles sentimientos: honradez, incapacidad de mentira, amor a los valores familiares, sacrificio y amor al trabajo. El melodrama siempre premia a los buenos (y la pregunta de ¿por qué no pasa así en la vida real, se diluye ante la imposibilidad de comparar los sufrimientos propios —reales— a los sufrimientos de la pantalla, porque así lo real sea terrible, carece de aquellos tintes melodramáticos que lo vuelven memorable) y hace de la-vida-sufrida la condición de posibilidad para que de la pobreza y el inminente embargo se de el salto a la opulencia en Una familia con suerte.

Pero esta familia conserva, a pesar de la opulencia los rasgos típicos que definen —crean— a cierta gente de cierto nivel social en México. El habla carente de refinamiento, alejada de cualquier pretensión del jefe de la familia con suerte, se contrapone de manera radical al habla de los fufurufos y amplía la distancia entre éstos y aquellos en la vida real. El melodrama inventa al pobre y lo convierte en un ente chistoso: Cuauhtémoc Blanco, en el Triunfo del Amor, disfrazado de mayordomo intentando, ya no digamos hablar propiamente, sino hablar. Así pues, aunque el mayordomo de verdad, el médico pobre de verdad, la seductora, no se reconozcan como tal en la pantalla, la realidad ha dejado de ser para convertirse en lo que la televisión diga (“el instrumento más poderoso para la educación de millones y millones de personas”, dice el secretario Lujambio), pues no hay una comisión defensora de la realidad y, de haberla, seguramente se decantaría por aquella, la de la televisión, que inserta las sonrisas y los llantos en el momento preciso, que afirma el nacionalismo o lo desdibuja (Cuauhtémoc Blanco sigue siendo americanista en el melodrama) y concentra la afirmación de conjunto sobre las creencias puras de lo que México debería ser: modos de vida, estilos del habla, nociones de lo bello y lo feo. En el melodrama, el país se unifica a partir de ensueños comerciales y fantasmagorías y de los criterios ya irrebatibles de la diversión. 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Hoy escuche a Lujambio en la radio y tienes razon!!! es un imbecil