lunes, marzo 14, 2011

En el amor a la mujer arraiga el ansia de inmortalidad


Para Don Quijote.

Del amor a una mujer han brotado los más fecundos y nobles ideales, del amor a mujer las más soberbias fábricas filosóficas. En el amor a mujer arraiga el ansia de inmortalidad, pues es en él donde el instinto de perpetuación vence y soyuga al de conservación, sobreponiéndose así lo sustancial a lo meramente aparencial. Ansia de inmortalidad nos lleva a amar a la mujer.

Y ahora, Don Quijote mío, llévame a solas contigo, porque quiero que hablemos corazón a corazón y lo que ni a sí mismos osan decirse mucho. ¿Fue de veras tu amor a la Gloria lo que te llevó a encarnar en la imagen de Dulcinea a Aldoza Lorenzo, de la que un tiempo anduviste enamorado, o fue tu desgraciado amor a la bien parecida moza labradora, aquel amor que ella “jamás lo supo ni se dio cata de ello” el que se te convirtió en amor de inmortalidad? Mira mi amigo hidalgo que yo sé cómo es la timidez dueña del corazón de los héroes, y bien se ve en ver cuando ardías en deseo de Aldoza Lorenzo cómo note atreviste nunca a requerirla de amores. No pudiste romper la vergüenza que te sellaba, con el sello de bronce, los labios…
Y este amor contenido, este amor roto en su corriente, pues no hallabas en ti brío ni arrojo para enderezarlo a su natural término, este pobre amor te labro acaso el alma y fue manantial de tu heroica locura. ¿no es así, mi buen caballero?
Adéntrate en ti mismo y escudriña y ahonda. Hay amores que no pueden romper el vaso que los contiene y se derraman hacia adentro, y los hay inconfesables, a los que el destino formidable oprime y constriñe en el nido en que brotaron; el exceso mismo de aquellos los cuaje y los encierra; la tremenda fatalidad de éstos los sublima y engrandece. Y presos allí, avergonzándose y ocultándose de sí mismos, empeñándose por anonadarse, bregando por morir, pues no pueden florecer a la luz del día a la vista de todos, y menos fructificar, se hacen pasión de gloria y de inmortalidad de heroísmo.
Dímelo a mi a solas, Don Quijote mio; dime: el int´repido arrojo que te lelvó a tus proezas, ¿no era acaso el estallido de aquellas ansias de amor que no te atreviste a confesar a Aldoza Lorenzo? Si eras tan valiente ante todos, ¿no es porque fuiste cobarde ante el blanco de tus anhelos? De las íntimas entrañas de la carne te acosaba el ansia de perpetuarte, de dejar simiente tuya en la tierra; la vida de tu vida, como la vida de la vida de los hombres todos, fue eternizar la vida. Y como no lograste vencerte para dar tu vida perdiéndola en el amor, anhelaste perpetuarla en la memoria de la gente. Mira, Caballero, que el ansia de inmortalidad no es sino la flor del ansia del linaje.
¿No te llevó acaso a llenar tus ratos ociosos con la lectura de los libros de caballerías el no haber podido romper tu medrosa vergüenza para llenarlos con el amor y las caricias de aquella moza labradora del Toboso? ¿No es que buscaste en esas ahincadas lecturas lenitivo, a la vez que alimento, a la llama que te consumía? Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; sólo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo: sólo la esterilidad temporal da fecundidad eterna. Y tu amor fue, Don Quijote mío, desgraciado por causa de tu insuperado y heroico encogimiento…
Y dime, ¿supo Aldoza Lorenzo de tus hazañas y proezas? De seguro que si de ellas supo algo le sirvió de solaz y de comidilla y palique en los seranos y en las solanas. ¡Sería de haber oído a Aldoza Lorenzo cuando en sus inviernos, al amor de la lumbre del hogar, en el rolde de sus nietos, o en el serano de las comadres, contara las andanzas y aventuras de aquel pobre Alonso Quijano el Bueno, que salió lana en ristre a enderezar entuertos, invocando a una tal Dulcinea del Toboso! ¿Recordaría entonces tus miradas a hurtadillas, heroico Caballero? ¿No se diría acaso, a solas y calladito, y en lo más adentro de sus adentros: “yo fui la que le volví loco”?
No necesitas decírmelo, Don Quijote mío, porque comprendo lo que debe ser sacrificar ante un altar sin que el dios que sobre él se yergue se entere siquiera del sacrificio. Te lo creo sin que me lo jures, te lo creo a pies juntillas, sí; te creo que cruzan el mundo Aldozas Lorenzos que lanzan a inauditos heroísmos a Alonsos Quijanos y se mueren tranquilamente y en paz de conciencia sin haber conocido la maternidad que les cupo en los heroísmos tales.
Grande es una pasión que rompe por todo y quebranta leyes y arrolla preceptos y desencadena torrencialmente su caudal perinchido; pero es más grande aún cuando, temerosa de enfangarse con las tierras que ha de arrastrar en su furiosa arremetida se arremolina en sí y se condensa  y se mete en sí misma, como queriendo tragarse a sí propia, luchando por deshacerse en su imposibilidad misma, y revienta hacia adentro y convierte en inmenso piélago el corazón. ¿No te sucedió esto?
Y luego, ven más junto a mi, mi Don Quijote, y dímelo al oído del corazón; y luego, cuando la Gloria te ensalzaba, ¿no suspiraste en tus entrañas por aquel inconfesable amor? ¿No la hubieras dado toda ella, a la Gloria, por una mirada, no más que por una mirada de cariño de tu Aldoza Lorenzo? Si ella, pobre hidalgo, si ella se hubiese dada cata de tu amor, y compadecida te hubiese ido un día y te hubiese abierto los brazos y entreabierto la boca, llamándote con los ojos, si ella se te hubiese rendido, venciendo tu contención grandiosa y diciéndote: “te he adivinado, ven y no sufras”, ¿Hubieras buscado la inmortalidad del nombre y d ela fama? Más entonces, ¿no se te habría disipado el encanto luego? Yo creo que ahora mismo, mientras te tiene apretado a su pecho tu Dulcinea, y lleva tu memoria de siglo en siglo, yo creo que ahora todavía te envuelve cierta melancólica pesadumbre al pensar que no puedes recibir en tu pecho el abrazo ni en tus labios el beso de Aldoza, ese bese que murió sin haber nacido, ese abrazo que se fue para siempre y sin haber nunca llegado, ese recuerdo de una esperanza en todo secreto y tan a solas y a callas acariciada.
¡Cuántos pobres mortales inmortales, cuyo recuerdo florece en la memoria de la gente, darían esa inmortalidad del nombre y de la fama por un beso de toda la boca, no más que por un beso que soñaron durante su vida mortal toda! ¡Volver a la vida aparencial y terrena, encontrarse de nuevo en el augusto instante que una vez ido ya no vuelve, quebrar el vergonzante miedo, trizar el tupido respeto o romper la ley y luego deshacerse para siempre en los brazos de la deseada!