“En el principio existía la Palabra (logos)” —refiere Juan (1.1)— y ésta, como podemos leer en el Génesis (1.3) es creadora: “Dijo Dios: «Haya luz» y hubo luz.” Zambrano entiende el logos de la misma manera, como fundamento ontológico: “En la poesía hay también angustia (…) que proviene de estar situado frente a algo que no precisa su forma ante nosotros, porque somos nosotros quien ha de dársela (…) en la angustia del poeta no hay peligro, ni amenaza alguna presente; sino solamente temor, el ´santo temor´, de sentirse obligado a algo que nos levanta por encima de nosotros mismos, que nos lanza y obliga a ser más que hombres”[1] y este ser más que hombres implicaría, sin duda alguna, lo siguiente: “Dijo Miguel: «Haya luz» y hubo luz.”
Si yo puedo decir “Hágase la luz” y ésta, por la noche, se hace y calma mi angustia ante lo desconocido, entonces, soy un Dios singular y, cada hombre, lo es. Soy el Dios de mi vida, de carne y hueso que siente, piensa y, a menudo sonríe. Miguel de Unamuno supone que el hombre —cada hombre, por eso no uso mayúscula— está en el mundo, en su muy particular momento para vivir, es decir, para realizarse y hacer conciencia de su mundo.

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