Un encuentro con Vasconcelos.
Miguel Á. Elorza-Vásquez
(Premio Feria Internacional del Libro Politécnica 2010).
Me desperté angustiado. No se trataba de una pesadilla, ni de una noche de insomnio por el mal de amores y tampoco era resaca. Me levanté, encendí el calentador y me metí de nueva cuenta en la cama. Entre sueños oía frases sin sentido que ya se habían vuelto lugares comunes. Popocatepetl ―repetía el que decía las noticias y luego anunció con estruendo―: ¡Hoy descansan todos, porque hoy se celebra el bicentanario. Después anunció costos en millones. Me escandalicé, no por el despilfarro del dinero, sino porque me inundó la conciencia de la angustia. La frase volvió a mi cabeza. ¡Qué coincidencia que la noche anterior a la celebración del bicentenario de la independencia haya encontrado esa frase devastadora que, seguro el presidente no conocía! Extendí la mano y busqué en el piso el libro. Callé la tele y busqué la página en la que me había quedado. Ahí estaba, marcado con rojo: “Irás mañana a la farsa de un continente que se dedica a las fiestas y alabanzas de su pasado, pero no es capaz de hacer su presente digno de las glorias que ensalza”.
―Que alcance el de Vasconcelos ―pensé. Me metí a bañar y la pregunta apareció―: ¿Por qué Zapata y Villa y Carranza y todos, son más importantes en la historia de la Revolución que aparece en los libros que José Vasconcelos? Y luego otra pregunta. ―¿Qué comeré?
Salí de bañarme y llamé a Omar. Quedamos para comer en mi departamento. Nos había sobrado Barbacoa del fin pasado y resolveríamos todo recalentando y comprando en el súper una cebolla y tortillas. Llegó pronto. En cuanto entró le leí la frase que me tenía azorado, avergonzado. ¿Qué celebramos, Omar? ―le pregunté y sólo se encogió de hombros. ¿Te has dado cuenta ―me preguntó― que toda la publicidad está girando alrededor de la independencia pero casi nada alrededor de la revolución? Y, mientras intentaba seguir su argumento, sentenció: es porque al PAN no le interesa la revolución, de hecho, le asusta la revolución, le asustan los ideales de la revolución.
Comencé a picar la cebolla mientras él calentaba las tortillas. ¿Has pensado, Omar, por qué a Vasconcelos no se le da tanta importancia en la historia de la revolución como a Zapata o Villa? ―le pregunté.
―Pues porque Vasconcelos no tuvo tanta importancia, él es importante con lo de las escuelas, la Universidad Nacional y la SEP ―me dijo muy serio y luego, como si fuera a decir una de aquellas frases desveladoras que acostumbraba en la facultad, disparó―: No compramos limones.
Tacos de barbacoa sin limones resulta incomible. Salimos a buscar una tienda abierta y la encontramos. Mientras escogíamos los limones le compartí mi asombro. Omar ―comencé― nunca había leído que alguien se refiriera a Villa y Zapata de la manera en que Vasconcelos lo hace. Si por él fuera, jamás hubieran entrado al panteón de la patria de los libros de texto.
―¿Qué dice?― me preguntó muy interesado. Yo intenté una paráfrasis y no me salió.
Volvimos al departamento. Entramos y botamos los limones en mi única mesa. Busqué el libro para enseñarle la referencia y no exagerar. Encontré la cita y me preparé a leerla. Entonces, recordé que no había apagado el calentador y corrí a hacerlo porque si no el agua se comienza a aventar y los vecinos se quejan. Cuando regresé Omar ya había encontrado la cita, se trataba de un texto que Vasconcelos había escrito en el exilio: “La sublevación abortada de Pancho Villa y Orozco, el trato directo con el sujeto revolucionario, habían convencido a Madero de los peligros que corrían no sólo el nuevo régimen, sino todo el porvenir patrio, si crecía el poder de los cabecillas, ignorantes y crueles y codiciosos”[1].
Nos sentamos… y repetí lento, como si el ritmo de las palabras hiciera menos devastador a Vasconcelos: el sujeto revolucionario… el sujeto revolucionario, los cabecillas… ignorantes y crueles y codiciosos. Por un momento, la tarde en la Hacienda de Chinameca ya no nos pareció la peor traición de la historia de este país. Omar siguió revisando el libro, encontró algo parecido y no resistió la tentación de compartírmelo, se trataba de una cena en el carro privado de Villa y Vasconcelos relata:
A la mesa se sentaron aparte de los que éramos visitantes, unos cuantos íntimos: ‘El pancitas’ apodaban a uno de ellos, excarnicero experto en meter un tiro en la frente señalada con un gesto por Villa. Fierro también estaba allí; el matador de hombres desarmados que, el villista Martín Luis, habría de llevar a la literatura de lo macabro (en su libro, El águila y la Serpiente), Después de la derrota total de Villa. Y así por el estilo, se contaba la media docena de profesionales del asesinato a mansalva, fuera de combate[2]
Eran unos sicarios ―concluyó Omar. Y nos quedamos pensando en los sicarios de ahora. Juan consigue mota con un zeta ―me dijo. Y yo le pregunté que si no le daba miedo. Hubo silencio y de pronto nos miramos. En efecto, nuestros héroes de la revolución eran sicarios y, en ese momento, terminaron en el suelo.
Nos paramos y no tuvimos cuidado en no pisar lo que quedaba de la historia que en la primaria nos habían contado. Seguimos preparando los tacos. Puse la cebolla en el plato hondo y fuimos a la mesa. Se nos antojó una cerveza, pero nos dio pereza ir de nueva cuenta a la tienda, así que sólo me levanté para sacar la carne del micro. Sentí que lo que acabábamos de leer le daba fuerza a mi primera pregunta. Ves, Omar, cómo la historia no le ha hecho justicia a Vasconcelos ―le dije.
Imagina ―continué― después de la convención de Aguascalientes, nombran a Vasconcelos y a dos generales, José Robles y Raúl Madero para que le digan a Villa que tiene que entregar su ejército. Villa los recibe en el mismo vagón donde los recibió la noche en que Vasconcelos cenó con él, ahí donde estaban los sicarios. Llegaron a medio día, cuando el vagón era un horno. Villa los recibió ensopado en sudor y con la camisa del uniforme militar a medio abrochar. Los recibió acompañado de sus matones y, en ese momento, los generales no tuvieron valor y le cedieron la palabra a Vasconcelos. Él, seguramente, lo miro a los ojos y reconoció en Villa la furia de un guerrero que al menor desacato, desenfundaba la pistola y arreglaba las cosas a Tiros. Vasconcelos con desprecio y con admiración le disparó el acuerdo de la convención: Carranza, Zapata y usted tienen que abandonar sus tropas y ponerse a las órdenes del presidente provisional Eulalio Gutiérrez.
¿Te imaginas? ―seguí― Vasconcelos, oaxaqueñito, pequeño, fue el único que tuvo el valor de desafiar a Villa.
Pues sí ―me dijo― por lo menos ahí sí jugó un papel importante. Pero la historia no lo reconoce, sólo se le conoce por la educación.
¿Y hasta cuándo, Omar ―pregunté― seguiremos así, hundidos entre la niebla de la mitología revolucionaria?
―No sé ―me dijo y levantó la vista― pero cómo pica esta salsa.

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