Hace un año, un hombre, en San Marcos, le pidió matrimonio de rodillas ―como debe ser―, a una chica con sombrero y vestido corto mientras yo los miraba con envidia del amor que, aunque no se quiera, es de otro modo. Si he de pedir matrimonio ―pensé―, debe ser aquí, después de perderme entre las callejuelas taciturnas, después de un cantante encima de una góndola, después de detener la prisa de los turistas para darle un beso, después de engañar a la luna. Seis meses después, una llamada telefónica me dejó sin aliento: ¿te quieres casar conmigo? ―me preguntaste― y no hubo góndolas colgadas de la línea, ni violines con aliento de gatas en celo ni un acordeón que me iluminara. Sí ―dije― y la fecha jamás llegó.
Hoy París, Madrid, Londres, Oaxaca, Xalapa, Ciudad de México y Bogotá sólo albergan pretéritos perfectos: ya acabó, ya terminó y el olvido, que purifica y deja sin ánimas al alma, ya me alcanzó. Por eso hoy, entre tu ausencia, la niebla de las montañas, cervezas y una verdad revelada, he decidido que no será Venecia, sino Xalapa, donde mi corazón se acelere y te pida que te cases conmigo mientras acaricio la cicatriz de tu nariz y revivimos la tarde de las ánimas, cuando te conocí.
Hoy París, Madrid, Londres, Oaxaca, Xalapa, Ciudad de México y Bogotá sólo albergan pretéritos perfectos: ya acabó, ya terminó y el olvido, que purifica y deja sin ánimas al alma, ya me alcanzó. Por eso hoy, entre tu ausencia, la niebla de las montañas, cervezas y una verdad revelada, he decidido que no será Venecia, sino Xalapa, donde mi corazón se acelere y te pida que te cases conmigo mientras acaricio la cicatriz de tu nariz y revivimos la tarde de las ánimas, cuando te conocí.

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