sábado, julio 21, 2012

... La corrida de Toros

"...la corrida de toros, donde el crepúsculo tiñe de luces y sombras al traje de luces del torero y  sitúa a todos los espectadores en la multicencia del dulce no ser, es decir, en la suspensión de la certidumbre, de la esencia y del destino, porque en el ruedo —como en la vida— nada está escrito. En ella, como en ningún otro rito pagano en el mundo cristiano, el hombre se enfrenta a la naturaleza para vencerla o ser vencido. El toro sale por la puerta de toriles. De la sombra corre hacia la luz para encontrarse con un hombre del pueblo, un hombre humilde que, durante la corrida, es el principie del pueblo, el delegado de la humanidad que se enfrenta contra el toro que ha nacido totalmente armado como el mítico Minotauro. El torero se coloca frente al toro y, en ese momento, la corrida se transforma en ceremonia, en dominio de la fuerza natural. Con la capota por delante controla al toro, lo obliga a dejar por un lado sus instintos y a seguir el camino que Él —ya no él— decide y traza. Con cada pase, torero y toro, hombre y naturaleza se funden. El pase perfecto ocurre cuando toro y torero, hombre y naturaleza son armonía y una misma cosa. Hombre-naturaleza/hombre-dios. El matador de toros es el que decide su propio destino y los espectadores lo alaban por ello.   "

Fragmento de la Religiosidad Mexicana y la Cristiada.

miércoles, julio 18, 2012

A propósito de la muerte de Juárez.

Un fragmento del texto que ahora estoy trabajando.


Benito Juárez García, el más famoso de los liberales —pero no el más liberal— fue un modesto abogado oaxaqueño de raza indígena zapoteca, de aquel pueblo que sorprendió a los aztecas por su conocimiento astronómico, su escritura y su gran ciudadela, Monte Alban que, suspendida entre el valle de Oaxaca y su cielo, domina el firmamento desde su pentagonal observatorio. El nombre zapoteca es un derivado del náhuatl Tzapotéecatl que significa pueblo del zapote, sin embargo, ellos a sí mismos se llamaban ben´zaa que significa gente de las nubes, los cuales, dicho sea de paso, jamás fueron sometidos por los aztecas.

         Benito Juárez creció como un humilde pastor analfabeta y, además, ignorante de la lengua española, hasta que a los doce años fue llevado por su hermana a la ciudad de Oaxaca. Ahí Juárez aprendió a hablar el español, a leerlo y escribirlo. Luego, a los 22 años, en 1828, comenzó la carrera jurídica. El niño de las nubes creció en —y con el— zapoteco. Sus categorías ontoepistémicas-idiomáticas lo colocaban por encima de cualquiera que no fuera zapoteca y, además, su catolicismo-nahuatl, lo hacía consciente de su fatalidad-sacrifical —como fatal fue el destino de Montealban o de los zapotecas modernos en el zócalo de la ciudad de Oaxaca en 2006 bajo el yugo de Ulises Ruíz— de su nosotridad ontológica, de su fe en el Cristo crucificado y de su lealtad a la Iglesia (también fue educado con el Catecismo Ripalda) ¿Cómo pudo Benito Juárez armonizar su mundo zapoteco con la Ilustración, es decir, cómo armonizó estas construcciones ontoepistémicas-idiomáticas diametralmente opuestas?

         Lo que ocurrió en Juárez fue un sincretismo entre el catolicismo-náhuatl, el nosotros-indígena, y la ilustración.  Varios hechos le dan fuerza a tal afirmación, por ejemplo, su cerrazón ante la Ley Indígena que Maximiliano propuso y su desatención al resto de los indígenas del país, sin embargo, merece la pena señalar lo ocurrido en Juchitán, Oaxaca en 1872. El general Félix Díaz gobernador de Oaxaca en ese año, viajó a Juchitán a disolver un movimiento separatista. Ahí Díaz llevó a cabo una masacre y, además, robó la imagen de san Vicente, patrono de la ciudad. Juárez lo obligó a devolverlo a la Iglesia y, cuando años más tarde los pobladores de Juchitán lo asesinaron en venganza por lo que había hecho con san Vicente, la única declaración oficial, del nuevo gobernador de Oaxaca leal a Juárez refería: “Si bien es sensible la muerte de un hombre, la de este señor era necesaria por tantos males que ha causado, y hoy Oaxaca respira”[1]  ¿Dónde están los ideales ilustrados, dónde la justicia que Juárez defendía, dónde la Reforma?

El crimen quedó impune. Benito Juárez jamás persiguió a los asesinos de su paisano y tampoco censuró lo ocurrido, como al menos se esperaría. Paradójicamente, Juárez seguía siendo el niño de las nubes para el que la justicia, de haberla, la hacía Dios. Por lo tanto, lo ocurrido a Félix Díaz bajo el enardecido pueblo juchiteco fue un acto de Justicia Divina que, aunque sangriento, sólo se trató de un reordenamiento ontológico como lo ocurrido en Sodoma o la séptima plaga que sufrieron los egipcios:

De talón a dedos, las afilada hoja del cuchillo rebanó íntegra la planta del pie. Un alarido, y otro más después de unos minutos, lapso eterno en el que Félix sentía el corte de un delicado filo que desprendía la piel de su segunda extremidad. […] Lo levantaron para obligarlo a caminar. Entre insultos los semblantes repetían: “¡Acuérdate de San Vicente!

El tormento concluyó con una reata amarrada a los tobillos de Félix. Después de la dolorosa marcha el antiguo centauro fue arrastrado con la misma saña empleada contra el santo patrono. Así murió, con la piel hecha jirones y el cuerpo costroso por la sangre y por la tierra.

Fue en Pochutla donde recibieron una caja de madera. En su interior pudo verse un cadáver irreconocible, mutilado, con los genitales arrancados y colocados en la boca.[2]

* * *


A pesar de la paradoja referida, Benito Juárez es, sin duda alguna, el más grande reformista y presidente liberal en México durante el siglo XIX (¿y XX?). Fue justamente la fatalidad de la nosotridad ontológica lo que le permitió soportar todas las derrotas a las que se enfrentó y fue su lectura ilustrada-zapoteca (una ilustración paradójicamente cimentada en la nosotroredad, es decir, en la diferencia (que es indiferencia) con el otro y no en la igualdad ilustrada y su consecuente universalidad) la que le permitió luchar contra las jerarquías, entre ellas, por supuesto, la  eclesiástica y sus beneficios, jamás contra su religión.

         La primera decisión que Juárez tomó fue la de separar a la Iglesia del Estado. Las leyes de Reforma confiscaron la riqueza de la iglesia y, además, despojaron a la aristocracia y la milicia de sus tribunales particulares, de tal modo que establecieron la prioridad en el derecho civil y las leyes generales que, por vez primera, se pretendieron aplicar a todos de manera igualitaria.

         Pronto, las jerarquías conservadoras y la del clero denunciaron, a través del partido conservador, la nueva sujeción del ejercito y de la iglesia por el Estado y su ley. El laicismo de la reforma, que Juárez no habitaba, como lo demuestra su declaración a la muerte de Félix Díaz, se activó por la “resistencia de la Iglesia católica a la mínima pérdida de sus privilegios, interpretados reiteradamente [—y aquí aparecen Ripalda y Morelos de nueva cuenta—] como la esencia de la nación”[3]:

La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana. La nación la proteje por leyes sábias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra.[4]
.
Así pues, la reforma liberal y sus leyes, en tanto que removieron la esencia de la nación consistente en los privilegios de la Iglesia y la necesidad de Ésta para revelar los Bienes de Dios se diluye y, en ese sentido, ocurre una redefinición ontológica del país y una reforma moral (lo que ahora es legal también es moral), en la que ya no se necesita de la Iglesia para estar con Dios y, con ello, el estado y el hombre de la reforma renuncian a su sometimiento y también a su intervención, así lo muestra el poema herético —herético desde la Iglesia— de Fray Miguel de Guevara que, circulaba a mediados del siglo XIX:

No me mueve mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte

Mueve tú, Señor, muéveme al verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus angustias y tu muerte.

Muéveme en fin tu amor, de tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

El poder de la Iglesia, que aseguraba puestos en el cielo a través de las donaciones —bellísimo eufemismo— y los castigos de los cuatro infiernos[5] se diluye pues, si “ya no me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido […] y aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno te temiera”, la relación entre los mexicanos liberales y Dios se hace diferente y, por ello, el estatus ontológico y epistémico del hombre cambia pues, la relación hombre-Dios se hace directa, es decir, se diluye la distancia heredada de la religiosidad católico-náhuatl referida con anterioridad. Además, dicha disminución del poder de la iglesia ocasiona que los dogmas católicos morales pasen a segundo término, pues el Estado laico establece la nueva regla moral que se inserta en la retribución terrena, de tal forma que ocurre una migración moral que va de la penitencia a las leyes de reforma, de las obligaciones con la Iglesia a las obligaciones patrióticas, del castigo divino —infierno— al castigo del Estado,  del Estado clerical al Estado laico

         Así pues, lo importante de la redefinición ontológica reformista no es, por supuesto, la amortización de los bienes de la Iglesia, tampoco que el registro civil y los cementerios pasaran a manos del Estado, ni siquiera las reformas constitucionales, porque en realidad éstas son consecuencia de la redefinición ontológica. Lo realmente importante es la migración moral que se dio gracias al abandono —en la mayoría de los casos suspensión, en la minoría supresión— de la sistemática de verdades que funcionaban como andamiaje teórico axiomático y axiológico para entender, aprehender y desenvolverse en el mundo, lo cual, dio pie a un deconstrucción del mundo —derrumbe ontológico— y la consecuente construcción del nuevo mundo. Pues, como es bien sabido, para un verdadero cambio no basta uniformar las conductas con leyes que el Gobierno expida, tampoco basta con que se aterrorice a los ciudadanos con penas más o menos terribles o prometer recompensas infinitas en el futuro, como lo hace la religión: “Para que la conducta práctica sea, suficientemente armónica con las necesidades reales de la sociedad, es preciso que haya un fondo común de verdades que todos partamos, más o menos deliberadamente, pero de una manera constante”[6]

Este fondo común de verdades —presupuestos filosóficos—, desembocó en lo laico, que no es más que la estética, la moral, la epistemología, la ontología, la política, el hombre, la mujer, dios, etc., sin la necesidad de la consagración religiosa para ser y, paradójicamente, se instaló en la retribución terrena que habitaba —y habita— el sincretismo religioso católico-náhuatl pues, si el Estado ha de juzgar y retribuir, esto sólo puede ocurrir en los márgenes de la vida diaria y ya no después de ésta.

Así pues, las leyes de Reforma que en un principio habitaban la utopía, se hicieron realidad gracias a tres elementos fundamentales, a saber: primero, las victorias militares y políticas que pusieron en evidencia la fragilidad práctica de los presupuestos filosóficos conservadores; segundo, la redefinición ontológica propiciada por los ideales ilustrados-mexicanos-liberales al convertirse en presupuestos filosóficos, es decir, en fondo común de verdades y, tercero, la instauración del estado laico y el consecuente cambio de paradigma que desembocó en el establecimiento de la tolerancia que es libertad de cultos y de expresión, libertad al final de cuentas que, como repetía muy a menudo Carlos Monsiváis, sólo podía suspenderse, ante la intolerancia, es decir, “lo único que no se puede tolerar es la intolerancia” y, quizá por eso mismo, Juárez no pudo perdonar la vida de Maximiliano —nadie tan liberal como él— pues representaba la intolerancia conservadora.


[1] ROSAS, Alejandro. El tormento de Félix Díaz, en VILLADELÁNGEL, Villas Gerardo (coord.). El libro rojo. Continuación. p. 41.
[2] Ibíd. pp. 40-41.
[3] MONSIVÁIS, Carlos. 2008. El estado laico y sus malquerientes (crónica/antología) Ed. Debate. México. p. 24; en adelante, El estado laico y sus malquerientes.
[4] Artículo 3º de la Constitución de 1824
[5] Según el catecismo Ripalda: el primero es el Limbo, de los niños que mueren sin bautismo. El segundo es el Purgatorio, de los que mueren en gracia, debiendo por sus pecados alguna pena, la cual allí satisfacen y luego van al cielo. El tercero es el Infierno, de los que mueren en pecado mortal; allí son atormentados con fuego y penas eternas. El cuarto es donde estaban como depositadas las almas de los santos Padres, hasta que nuestro Señor Jesucristo bajó a sacarlas para el cielo.” (Op. Cit. p. 17)
[6] El estado laico y sus malquerientes, p. 84.

viernes, diciembre 16, 2011

Aquí sigo, Dulcinea

La vida si es vida, ha de ser una mañana con los ojos cerrados, cuando todavía crees que lo que pasó en los sueños es real --dijo.Entonces abrió los ojos y se encontró con el rostro estupefacto del chico de la noche anterior que le devolvió el cumplido: Aquí sigo, Dulcinea.

jueves, diciembre 08, 2011

‎"Nada espero, y no temo a la nada, confiando morir en la calma reverente del misterio"Goethe.
Zarco, a diferencia de los conservadores, le devuelve al Hombre (¡Sí, con mayúscula!) su autonomía no frente a Dios, sino frente a la religión católica y su Institución pues, como se sabe, en el catolicismo la relación directa entre Dios y el hombre (ahora con minúscula) no existe, ya que es necesaria la intervención del sacerdote para que el feligrés conozca —en sentido epistémico y ontológico y todo lo que eso conlleva— al Verbo. Así pues, el esfuerzo ilustrado-mexicano de los liberales por conseguir la libertad religiosa, al triunfar sobre los conservadores, devino no en un estado laico, sino en un estado profundamente anticlerical que instauró una ideología anticlerical y que duró hasta el Porfiriato.

domingo, abril 03, 2011

Las otras mentiras

Mentir ha dejado de ser algo que pertenezca a la moralidad y se convierte en desviación consciente de la realidad que se encuentra en el mito, el arte y la metáfora. Mentir, en el terreno de la estética, es simplemente el estímulo consciente e intencional de la ilusión...

"... Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera,/contarle que el universo era más ancho que sus caderas,/le dibujaba un mundo real no uno color de rosa,/pero ella prefería escuchar mentiras piadosas"

Creer en Dios?

¿Creer en Dios?, 


¿Qué clase de Dios es este?
¿Un Dios que, cuando le viene en gana, toma la forma del diablo y transforma la riqueza en pobreza, la felicidad en infelicidad, el gozo en desesperación, el amor en desamor y las sonrizas en lágrimas? ¿Te diviertes con nosotros, Dios? ¿y nosotros debemos rogarte?
¡Dudar de ti es lo único que me queda!

martes, marzo 22, 2011

Telenovelas, instrumento importante para abatir rezago educativo: Lujambio

El Secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, dijo, cuando le entregaba el Reconocimiento al Compromiso con el Futuro de México 2011 al productor de telenovelas Juan Osorio, que “la televisión, que muchas veces se le llama la ‘caja tonta’, puede también ser la ‘caja más lista’, el instrumento más poderoso para la educación de millones y millones de personas ” (José Antonio Román, en La jornada 18/mar/11). Y ahondó: “Y Juan Osorio dentro de sus novelas promueve al INEA, qué instrumento más poderoso que ése”.

Con lo anterior, Alonso Lujambio dejó claro que el melodrama en la televisión educa y forma a las viejas y nuevas generaciones. La escuela —que nunca ha sido buena— no tiene la fuerza y la injerencia del melodrama en las personas. Así pues, debemos dejar a un lado la reforma de la educación básica, la reforma de la educación media superior y poner atención —con cuaderno y lápiz en mano— a la barra educadora de Televisa y Tv Azteca donde los sentimientos se purifican (Esa hembra es mala… pero tiene corazón) y el alma se descarga y se desnuda.

El melodrama moderno no sólo pone de manifiesto la psicología nacional (olvidemos las interpretaciones freudianas y de Marcuse) sino que la construye. “ser o no ser y yo soy”, dice Teresa. Y su asenso social no llega —obviamente— por la educación universitaria sino por la seducción que el melodrama, a momentos pone como ejemplo y luego censura. Otra forma de ascender es el caso del médico (pobre) del mismo melodrama. Su ascenso —siempre hay ascenso para los de almas puras— no es por ser médico sino por ser un alma de nobles sentimientos: honradez, incapacidad de mentira, amor a los valores familiares, sacrificio y amor al trabajo. El melodrama siempre premia a los buenos (y la pregunta de ¿por qué no pasa así en la vida real, se diluye ante la imposibilidad de comparar los sufrimientos propios —reales— a los sufrimientos de la pantalla, porque así lo real sea terrible, carece de aquellos tintes melodramáticos que lo vuelven memorable) y hace de la-vida-sufrida la condición de posibilidad para que de la pobreza y el inminente embargo se de el salto a la opulencia en Una familia con suerte.

Pero esta familia conserva, a pesar de la opulencia los rasgos típicos que definen —crean— a cierta gente de cierto nivel social en México. El habla carente de refinamiento, alejada de cualquier pretensión del jefe de la familia con suerte, se contrapone de manera radical al habla de los fufurufos y amplía la distancia entre éstos y aquellos en la vida real. El melodrama inventa al pobre y lo convierte en un ente chistoso: Cuauhtémoc Blanco, en el Triunfo del Amor, disfrazado de mayordomo intentando, ya no digamos hablar propiamente, sino hablar. Así pues, aunque el mayordomo de verdad, el médico pobre de verdad, la seductora, no se reconozcan como tal en la pantalla, la realidad ha dejado de ser para convertirse en lo que la televisión diga (“el instrumento más poderoso para la educación de millones y millones de personas”, dice el secretario Lujambio), pues no hay una comisión defensora de la realidad y, de haberla, seguramente se decantaría por aquella, la de la televisión, que inserta las sonrisas y los llantos en el momento preciso, que afirma el nacionalismo o lo desdibuja (Cuauhtémoc Blanco sigue siendo americanista en el melodrama) y concentra la afirmación de conjunto sobre las creencias puras de lo que México debería ser: modos de vida, estilos del habla, nociones de lo bello y lo feo. En el melodrama, el país se unifica a partir de ensueños comerciales y fantasmagorías y de los criterios ya irrebatibles de la diversión. 

lunes, marzo 14, 2011

En el amor a la mujer arraiga el ansia de inmortalidad


Para Don Quijote.

Del amor a una mujer han brotado los más fecundos y nobles ideales, del amor a mujer las más soberbias fábricas filosóficas. En el amor a mujer arraiga el ansia de inmortalidad, pues es en él donde el instinto de perpetuación vence y soyuga al de conservación, sobreponiéndose así lo sustancial a lo meramente aparencial. Ansia de inmortalidad nos lleva a amar a la mujer.

Y ahora, Don Quijote mío, llévame a solas contigo, porque quiero que hablemos corazón a corazón y lo que ni a sí mismos osan decirse mucho. ¿Fue de veras tu amor a la Gloria lo que te llevó a encarnar en la imagen de Dulcinea a Aldoza Lorenzo, de la que un tiempo anduviste enamorado, o fue tu desgraciado amor a la bien parecida moza labradora, aquel amor que ella “jamás lo supo ni se dio cata de ello” el que se te convirtió en amor de inmortalidad? Mira mi amigo hidalgo que yo sé cómo es la timidez dueña del corazón de los héroes, y bien se ve en ver cuando ardías en deseo de Aldoza Lorenzo cómo note atreviste nunca a requerirla de amores. No pudiste romper la vergüenza que te sellaba, con el sello de bronce, los labios…
Y este amor contenido, este amor roto en su corriente, pues no hallabas en ti brío ni arrojo para enderezarlo a su natural término, este pobre amor te labro acaso el alma y fue manantial de tu heroica locura. ¿no es así, mi buen caballero?
Adéntrate en ti mismo y escudriña y ahonda. Hay amores que no pueden romper el vaso que los contiene y se derraman hacia adentro, y los hay inconfesables, a los que el destino formidable oprime y constriñe en el nido en que brotaron; el exceso mismo de aquellos los cuaje y los encierra; la tremenda fatalidad de éstos los sublima y engrandece. Y presos allí, avergonzándose y ocultándose de sí mismos, empeñándose por anonadarse, bregando por morir, pues no pueden florecer a la luz del día a la vista de todos, y menos fructificar, se hacen pasión de gloria y de inmortalidad de heroísmo.
Dímelo a mi a solas, Don Quijote mio; dime: el int´repido arrojo que te lelvó a tus proezas, ¿no era acaso el estallido de aquellas ansias de amor que no te atreviste a confesar a Aldoza Lorenzo? Si eras tan valiente ante todos, ¿no es porque fuiste cobarde ante el blanco de tus anhelos? De las íntimas entrañas de la carne te acosaba el ansia de perpetuarte, de dejar simiente tuya en la tierra; la vida de tu vida, como la vida de la vida de los hombres todos, fue eternizar la vida. Y como no lograste vencerte para dar tu vida perdiéndola en el amor, anhelaste perpetuarla en la memoria de la gente. Mira, Caballero, que el ansia de inmortalidad no es sino la flor del ansia del linaje.
¿No te llevó acaso a llenar tus ratos ociosos con la lectura de los libros de caballerías el no haber podido romper tu medrosa vergüenza para llenarlos con el amor y las caricias de aquella moza labradora del Toboso? ¿No es que buscaste en esas ahincadas lecturas lenitivo, a la vez que alimento, a la llama que te consumía? Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; sólo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo: sólo la esterilidad temporal da fecundidad eterna. Y tu amor fue, Don Quijote mío, desgraciado por causa de tu insuperado y heroico encogimiento…
Y dime, ¿supo Aldoza Lorenzo de tus hazañas y proezas? De seguro que si de ellas supo algo le sirvió de solaz y de comidilla y palique en los seranos y en las solanas. ¡Sería de haber oído a Aldoza Lorenzo cuando en sus inviernos, al amor de la lumbre del hogar, en el rolde de sus nietos, o en el serano de las comadres, contara las andanzas y aventuras de aquel pobre Alonso Quijano el Bueno, que salió lana en ristre a enderezar entuertos, invocando a una tal Dulcinea del Toboso! ¿Recordaría entonces tus miradas a hurtadillas, heroico Caballero? ¿No se diría acaso, a solas y calladito, y en lo más adentro de sus adentros: “yo fui la que le volví loco”?
No necesitas decírmelo, Don Quijote mío, porque comprendo lo que debe ser sacrificar ante un altar sin que el dios que sobre él se yergue se entere siquiera del sacrificio. Te lo creo sin que me lo jures, te lo creo a pies juntillas, sí; te creo que cruzan el mundo Aldozas Lorenzos que lanzan a inauditos heroísmos a Alonsos Quijanos y se mueren tranquilamente y en paz de conciencia sin haber conocido la maternidad que les cupo en los heroísmos tales.
Grande es una pasión que rompe por todo y quebranta leyes y arrolla preceptos y desencadena torrencialmente su caudal perinchido; pero es más grande aún cuando, temerosa de enfangarse con las tierras que ha de arrastrar en su furiosa arremetida se arremolina en sí y se condensa  y se mete en sí misma, como queriendo tragarse a sí propia, luchando por deshacerse en su imposibilidad misma, y revienta hacia adentro y convierte en inmenso piélago el corazón. ¿No te sucedió esto?
Y luego, ven más junto a mi, mi Don Quijote, y dímelo al oído del corazón; y luego, cuando la Gloria te ensalzaba, ¿no suspiraste en tus entrañas por aquel inconfesable amor? ¿No la hubieras dado toda ella, a la Gloria, por una mirada, no más que por una mirada de cariño de tu Aldoza Lorenzo? Si ella, pobre hidalgo, si ella se hubiese dada cata de tu amor, y compadecida te hubiese ido un día y te hubiese abierto los brazos y entreabierto la boca, llamándote con los ojos, si ella se te hubiese rendido, venciendo tu contención grandiosa y diciéndote: “te he adivinado, ven y no sufras”, ¿Hubieras buscado la inmortalidad del nombre y d ela fama? Más entonces, ¿no se te habría disipado el encanto luego? Yo creo que ahora mismo, mientras te tiene apretado a su pecho tu Dulcinea, y lleva tu memoria de siglo en siglo, yo creo que ahora todavía te envuelve cierta melancólica pesadumbre al pensar que no puedes recibir en tu pecho el abrazo ni en tus labios el beso de Aldoza, ese bese que murió sin haber nacido, ese abrazo que se fue para siempre y sin haber nunca llegado, ese recuerdo de una esperanza en todo secreto y tan a solas y a callas acariciada.
¡Cuántos pobres mortales inmortales, cuyo recuerdo florece en la memoria de la gente, darían esa inmortalidad del nombre y de la fama por un beso de toda la boca, no más que por un beso que soñaron durante su vida mortal toda! ¡Volver a la vida aparencial y terrena, encontrarse de nuevo en el augusto instante que una vez ido ya no vuelve, quebrar el vergonzante miedo, trizar el tupido respeto o romper la ley y luego deshacerse para siempre en los brazos de la deseada!

sábado, febrero 05, 2011

Dios en Comala

En Comala, la Palabra de Dios sólo importa y es trascendente cuando se amolda al capricho personal o a los límites de la vida diaria (¿Qué  saben los querubines, los ángeles y los arcángeles de las ilusiones y convicciones de un pueblo que se ha abandonado a los caprichos y el poder de Pedro Páramo?). Por ello, Ésta se adapta al mundo, no al revés. El evangelio de San Juan (1,1-5) no tiene correspondencia en esta religiosidad:
“En el principio existía la Palabra/la Palabra estaba unto a Dios/y la Palabra era Dios./Ella estaba en el principio junto a Dios./todo se hizo por ella,/y sin ella nada se hizo,/lo que se hizo en ella era la vida,/y la vida era la luz de los hombres;/y la luz brilla en las tinieblas,/y las tinieblas no la vencieron.”
La Palabra (Dios) ya no es fundamento ontológico sino que es ulterior al principio. En este horizonte no es concebible la afirmación del Génesis “Dijo Dios, 'haya luz' y hubo luz” (Gn. 1,3) sino que Ésta corresponde a lo que ocurre de hecho y, si no corresponde, se anula para dar paso a una nueva palabra que explique —no fundamente—:
Dolores Preciado le murmura a Miguel Preciado:
“Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron, Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía  y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…”[1]
Bartolomé San Juan, le habla a Susana San Juan a propósito de Comala:
“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana […] Aquí […] no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado de desdicha”[2]
Siguiendo con lo anterior, en tanto que La Palabra ha perdido su capacidad de iluminar, está se convierte en deudora, lo cual, resulta lo mismo que decir que Dios —que en Comala existe sólo como referente— anula la promesa de salvación y castiga la esperanza.


[1] Pedro Páramo. p. 62.
[2] Ibíd. P. 88.

viernes, enero 14, 2011

Ganas de lo contrario de la muerte: la religiosidad en Pedro Páramo.


La religiosidad en Pedro Paramo tiene un carácter supersticioso y primitivo, por eso es ineficaz (como resulta en todas las sociedades modernas). En Comala está claramente expuesta la inutilidad de la religión; religión que aparece como amalgama con superstición y creencias ingenuas. En Pedro Paramo, la religión es una obsesión de pecado,  infierno, ánimas del purgatorio, todo ello constituido por factores negativos. “La superstición es una densa, abrumadora carga cultural que implica un alivio o una distensión social. ¿Qué es la ‘gracia de Dios’? ¿Qué es ‘morir en pecado’ sino obedecer la ley que determina la imposibilidad de obediencia?”[1] Los personajes de Pedro Páramo catalizan su sentimiento religioso a través de sus costumbres, ritos y creencias surgidas en el marco de la religión católica, una religión que aparece degradada por todas estas mezclas supersticiosas que con los años se fueron adhiriendo a ella. Una religiosidad (o religión) ingenua, en la que el hombre confía, pero que, ya se sabe, no le puede ayudar. Tampoco, por supuesto, le pueden ayudar los representantes de la Iglesia: el Padre Rentería abandona al pueblo y se levanta en armas. En Pedro Páramo, la religión no puede ser un camino de salvación, acaso es una condena que deja a los habitantes de Comala con ganas de lo contrario de la muerte.


[1] Escribir, por ejemplo. p. 255. 

lunes, diciembre 13, 2010


“En el principio existía la Palabra (logos)” —refiere Juan (1.1)—  y ésta, como podemos leer en el Génesis (1.3) es creadora: “Dijo Dios: «Haya luz» y hubo luz.” Zambrano entiende el logos de la misma manera, como fundamento ontológico: “En la poesía hay también angustia (…) que proviene de estar situado frente a algo que no precisa su forma ante nosotros, porque somos nosotros quien ha de dársela (…) en la angustia del poeta no hay peligro, ni amenaza alguna presente; sino solamente temor, el ´santo temor´, de sentirse obligado a algo que nos levanta por encima de nosotros mismos, que nos lanza y obliga a ser más que hombres”[1] y este ser más que hombres implicaría, sin duda alguna, lo siguiente: “Dijo Miguel: «Haya luz» y hubo luz.”
Si yo puedo decir “Hágase la luz” y ésta, por la noche, se hace y calma mi angustia ante lo desconocido, entonces, soy un Dios singular y, cada hombre, lo es. Soy el Dios de mi vida, de carne y hueso que siente, piensa y, a menudo sonríe. Miguel de Unamuno supone que el hombre —cada hombre, por eso no uso mayúscula— está en el mundo, en su muy particular momento para vivir, es decir, para realizarse y hacer conciencia de su mundo.


[1] Zambrano, María. Filosofía y poesía. p. 89

lunes, noviembre 22, 2010

Fragmentos de la historia de oaxaca: Coelgio Casa de Cuna-Eulogio Gillow (crónica/antología)

Fragmentos de la historia de Oaxaca: Coelgio Casa de Cuna Eulogio Gillow.pdf

 Pero el hombre no puede callar porque el único arrepentimiento concebible de la vida es el silencio. Así pues, mucho antes de que los españoles llegaran a Oaxaca, los mixtecos ya contaban el mito de Apoala y un niño zapoteca escuchaba absorto mientras su abuela mixteca le contaba relatos de princesas decapitadas,  historias de la amarga visión de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas, de Dioses que, por los hombres, se sacrificaban ante el fuego, de héroes y villanos espectrales; “historias que le enseñaron a ese niño que la justicia no se entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren en la memoria de quienes viven para contarla.”[1]
Pero la memoria es víctima del tiempo, del azaroso capricho del recuerdo (el olvido purifica), por ello, hoy se recorre a la palabra escrita, para que la palabra pierda su carácter volátil y espontaneo y adquiera una naturaleza duradera ­―¡Jamás fija!―. Así pues, el presente texto es un esfuerzo de la Casa de Cuna por mantener a salvo la memoria de su historia y con ello, parte de la historia de la ciudad de Oaxaca y del estado. En el primer capítulo, de cuando el verbo se hizo carne y habitó en medio de Oaxaca, el lector podrá encontrar la historia desde la fundación del Colegio Casa de Cuna y su trajinado ―pero firme― andar hasta la actualidad. En el segundo capítulo, Casa de Cuna y el Instituto Eulogio Gillow: La juventud solidaria, se expone cómo el proyecto educativo se fraguó hasta llegar al actual y, por supuesto, su pretensión de mejorar el mundo a través de la educación. Por último, en los anexos, se presentan parte de los documentos que se utilizaron para la reconstrucción de este relato, algunos documentos relacionados con la historia de Oaxaca y la de la Casa de Cuna y algunas fotografías que ilustran lo relatado.
         Los Fragmentos de la historia de Oaxaca: Colegio Casa de Cuna Eulogio Gillow (crónica/antología)  son un esfuerzo por acceder al entramado histórico del Colegio Casa de Cuna y su relación con Oaxaca. Se presenta en forma de crónica/antología porque se sabe que en la historia todo es provisional y producto de la interpretación. Así pues, se pretende que la voz del que ahora escribe sea sólo una guía en el viaje ―acaso un aprendiz de Virgilio si se me permite―, por los intrincados laberintos del entramado histórico que ofrecen los textos antologados y no una verdad con pretensiones univocistas.
Por otro lado, si lo dicho aquí, aunque basado en documentos, es provisional ―¿qué no es provisional en la historia?―, sí es producto de la investigación histórica, de la reflexión filosófica y del compromiso con la verdad.  Se espera que el lector encuentre aquí algunas líneas que lo conduzcan a comprender el pasado de Oaxaca y del Colegio Casa de Cuna–Instituto Eulogio Gillow.


[1] GERALD, Martin. Gabriel García Márquez. Una Vida. p. 37

jueves, noviembre 11, 2010

Un encuentro con Vasconcelos

Un encuentro con Vasconcelos.
Miguel Á. Elorza-Vásquez
(Premio Feria Internacional del Libro Politécnica 2010).

Me desperté angustiado. No se trataba de una pesadilla, ni de una noche de insomnio por el mal de amores y tampoco era resaca. Me levanté, encendí el calentador y me metí de nueva cuenta en la cama. Entre sueños oía frases sin sentido que ya se habían vuelto lugares comunes. Popocatepetl ―repetía el que decía las noticias y luego anunció con estruendo―: ¡Hoy descansan todos, porque hoy se celebra el bicentanario. Después anunció costos en millones. Me escandalicé, no por el despilfarro del dinero, sino porque me inundó la  conciencia de la angustia. La frase volvió a mi cabeza. ¡Qué coincidencia que la noche anterior a la celebración del bicentenario de la independencia haya encontrado esa frase devastadora que, seguro el presidente no conocía! Extendí la mano y busqué en el piso el libro. Callé la tele y busqué la página en la que me había quedado. Ahí estaba, marcado con rojo: “Irás mañana a la farsa de un continente que se dedica a las fiestas y alabanzas de su pasado, pero no es capaz de hacer su presente digno de las glorias que ensalza”.
―Que alcance el de Vasconcelos ―pensé. Me metí a bañar y la pregunta apareció―: ¿Por qué Zapata y Villa y Carranza y todos, son más importantes en la historia de la Revolución que aparece en los libros que José Vasconcelos? Y luego otra pregunta. ―¿Qué comeré?
Salí de bañarme y llamé a Omar. Quedamos para comer en mi departamento. Nos había sobrado Barbacoa del fin pasado y resolveríamos todo recalentando y comprando en el súper una cebolla y tortillas. Llegó pronto. En cuanto entró le leí la frase que me tenía azorado, avergonzado. ¿Qué celebramos, Omar? ―le pregunté y sólo se encogió de hombros. ¿Te has dado cuenta ―me preguntó― que toda la publicidad está girando alrededor de la independencia pero casi nada alrededor de la revolución? Y, mientras intentaba seguir su argumento, sentenció: es porque al PAN no le interesa la revolución, de hecho, le asusta la revolución, le asustan los ideales de la revolución.
Comencé a picar la cebolla mientras él calentaba las tortillas. ¿Has pensado, Omar, por qué a Vasconcelos no se le da tanta importancia en la historia de la revolución como a Zapata o Villa? ―le pregunté.
―Pues porque Vasconcelos no tuvo tanta importancia, él es importante con lo de las escuelas, la Universidad Nacional y la SEP ―me dijo muy serio y luego, como si fuera a decir una de aquellas  frases desveladoras que acostumbraba en la facultad, disparó―: No compramos limones.
Tacos de barbacoa sin limones resulta incomible. Salimos a buscar una tienda abierta y la encontramos. Mientras escogíamos los limones le compartí mi asombro. Omar ―comencé― nunca había leído que alguien se refiriera a Villa y Zapata de la manera en que Vasconcelos lo hace. Si por él fuera, jamás hubieran entrado al panteón de la patria de los libros de texto.
―¿Qué dice?― me preguntó muy interesado. Yo intenté una paráfrasis y no me salió.
Volvimos al departamento. Entramos y botamos los limones en mi única mesa. Busqué el libro para enseñarle la referencia y no exagerar. Encontré la cita y me preparé a leerla. Entonces, recordé que no había apagado el calentador y corrí a hacerlo porque si no el agua se comienza a aventar y los vecinos se quejan. Cuando regresé Omar ya había encontrado la cita, se trataba de un texto que Vasconcelos había escrito en el exilio: “La sublevación abortada de Pancho Villa y Orozco, el trato directo con el sujeto revolucionario, habían convencido a Madero de los peligros que corrían no sólo el nuevo régimen, sino todo el porvenir patrio, si crecía el poder de los cabecillas, ignorantes y crueles y codiciosos”[1].
Nos sentamos… y repetí lento, como si el ritmo de las palabras hiciera menos devastador a Vasconcelos: el sujeto revolucionario… el sujeto revolucionario, los cabecillas… ignorantes y crueles y codiciosos. Por un momento, la tarde en la Hacienda de Chinameca ya no nos pareció la peor traición de la historia de este país. Omar siguió revisando el  libro, encontró algo parecido  y no resistió la tentación de compartírmelo, se trataba de una cena en el carro privado de Villa y Vasconcelos relata:
A la mesa se sentaron aparte de los que éramos visitantes, unos cuantos íntimos: ‘El pancitas’ apodaban a uno de ellos, excarnicero experto en meter un tiro en la frente señalada con un gesto por Villa. Fierro también estaba allí; el matador de hombres desarmados que, el villista Martín Luis, habría de llevar a la literatura de lo macabro (en su libro, El águila y la Serpiente), Después de la derrota total de Villa. Y así por el estilo, se contaba la media docena de profesionales del asesinato a mansalva, fuera de combate[2]
Eran unos sicarios ―concluyó Omar. Y nos quedamos pensando en los sicarios de ahora. Juan consigue mota con un zeta ―me dijo. Y yo le pregunté que si no le daba miedo. Hubo silencio y de pronto nos miramos. En efecto, nuestros héroes de la revolución eran sicarios y, en ese momento, terminaron en el suelo.
Nos paramos y no tuvimos cuidado en no pisar lo que quedaba de la historia que en la primaria nos habían contado. Seguimos preparando los tacos. Puse la cebolla en el plato hondo y fuimos a la mesa. Se nos antojó una cerveza, pero nos dio pereza ir de nueva cuenta a la tienda, así que sólo me levanté para sacar la carne del micro. Sentí que lo que acabábamos de leer le daba fuerza a mi primera pregunta. Ves, Omar, cómo la historia no le ha hecho justicia a Vasconcelos ―le dije.
Imagina ―continué― después de la convención de Aguascalientes, nombran a Vasconcelos y a dos generales, José Robles y Raúl Madero para que le digan a Villa que tiene que entregar su ejército. Villa los recibe en el mismo vagón donde los recibió la noche en que Vasconcelos cenó con él, ahí donde estaban los sicarios. Llegaron a medio día, cuando el vagón era un horno. Villa los recibió ensopado en sudor y con la camisa del uniforme militar a medio abrochar. Los recibió acompañado de sus matones y, en ese momento, los generales no tuvieron valor y le cedieron la palabra a Vasconcelos. Él, seguramente, lo miro a los ojos y reconoció en Villa la furia de un guerrero que al menor desacato, desenfundaba la pistola y arreglaba las cosas a Tiros. Vasconcelos con desprecio y con admiración le disparó el acuerdo de la convención: Carranza, Zapata y usted tienen que abandonar sus tropas y ponerse a las órdenes del presidente provisional Eulalio Gutiérrez.
¿Te imaginas? ―seguí― Vasconcelos, oaxaqueñito, pequeño, fue el único que tuvo el valor de desafiar a Villa.
Pues sí ―me dijo― por lo menos ahí sí jugó un papel importante. Pero la historia no lo reconoce, sólo se le conoce por la educación.
¿Y hasta cuándo, Omar ―pregunté― seguiremos así, hundidos entre la niebla de la mitología revolucionaria?
―No sé ―me dijo y levantó la vista― pero cómo pica esta salsa.


[1] Vasconcelos, José. Apud, Cárdenas, Noriega, Joaquin. José Vasconcelos, Caudillo Cultural p. 26. Ed. CONACULTA, México, 2008.
[2] Ibíd. p. 42.