Un fragmento del texto que ahora estoy trabajando.
Benito Juárez García, el más
famoso de los liberales —pero no el más liberal— fue un modesto abogado
oaxaqueño de raza indígena zapoteca, de aquel pueblo que sorprendió a los
aztecas por su conocimiento astronómico, su escritura y su gran ciudadela,
Monte Alban que, suspendida entre el valle de Oaxaca y su cielo, domina el
firmamento desde su pentagonal observatorio. El nombre zapoteca es un derivado
del náhuatl Tzapotéecatl que significa pueblo
del zapote, sin embargo, ellos a sí mismos se llamaban ben´zaa que significa gente
de las nubes, los cuales, dicho sea de paso, jamás fueron sometidos por los
aztecas.
Benito Juárez creció como un humilde pastor analfabeta y,
además, ignorante de la lengua española, hasta que a los doce años fue llevado
por su hermana a la ciudad de Oaxaca. Ahí Juárez aprendió a hablar el español, a
leerlo y escribirlo. Luego, a los 22 años, en 1828, comenzó la carrera
jurídica. El niño de las nubes creció en —y con el— zapoteco. Sus categorías
ontoepistémicas-idiomáticas lo colocaban por encima de cualquiera que no fuera
zapoteca y, además, su catolicismo-nahuatl,
lo hacía consciente de su fatalidad-sacrifical —como fatal fue el destino de
Montealban o de los zapotecas modernos en el zócalo de la ciudad de Oaxaca en
2006 bajo el yugo de Ulises Ruíz— de su nosotridad
ontológica, de su fe en el Cristo crucificado y de su lealtad a la Iglesia
(también fue educado con el Catecismo Ripalda) ¿Cómo pudo Benito Juárez
armonizar su mundo zapoteco con la Ilustración, es decir, cómo armonizó estas
construcciones ontoepistémicas-idiomáticas
diametralmente opuestas?
Lo que ocurrió en Juárez fue un sincretismo entre el catolicismo-náhuatl, el nosotros-indígena, y la ilustración. Varios hechos le dan fuerza a tal afirmación,
por ejemplo, su cerrazón ante la Ley Indígena que Maximiliano propuso y su
desatención al resto de los indígenas del país, sin embargo, merece la pena
señalar lo ocurrido en Juchitán, Oaxaca en 1872. El general Félix Díaz
gobernador de Oaxaca en ese año, viajó a Juchitán a disolver un movimiento
separatista. Ahí Díaz llevó a cabo una masacre y, además, robó la imagen de san
Vicente, patrono de la ciudad. Juárez lo obligó a devolverlo a la Iglesia y,
cuando años más tarde los pobladores de Juchitán lo asesinaron en venganza por
lo que había hecho con san Vicente, la única declaración oficial, del nuevo
gobernador de Oaxaca leal a Juárez refería: “Si bien es sensible la muerte de
un hombre, la de este señor era necesaria por tantos males que ha causado, y
hoy Oaxaca respira”
¿Dónde están los ideales ilustrados,
dónde la justicia que Juárez defendía, dónde la Reforma?
El crimen quedó
impune. Benito Juárez jamás persiguió a los asesinos de su paisano y tampoco censuró
lo ocurrido, como al menos se esperaría. Paradójicamente, Juárez seguía siendo
el niño de las nubes para el que la justicia, de haberla, la hacía Dios. Por lo
tanto, lo ocurrido a Félix Díaz bajo el enardecido pueblo juchiteco fue un acto
de Justicia Divina que, aunque sangriento, sólo se trató de un reordenamiento
ontológico como lo ocurrido en Sodoma o la séptima plaga que sufrieron los
egipcios:
De talón a dedos, las afilada hoja del
cuchillo rebanó íntegra la planta del pie. Un alarido, y otro más después de
unos minutos, lapso eterno en el que Félix sentía el corte de un delicado filo
que desprendía la piel de su segunda extremidad. […] Lo levantaron para
obligarlo a caminar. Entre insultos los semblantes repetían: “¡Acuérdate de San
Vicente!
El tormento concluyó con una reata amarrada a
los tobillos de Félix. Después de la dolorosa marcha el antiguo centauro fue
arrastrado con la misma saña empleada contra el santo patrono. Así murió, con
la piel hecha jirones y el cuerpo costroso por la sangre y por la tierra.
Fue en Pochutla donde recibieron una caja de
madera. En su interior pudo verse un cadáver irreconocible, mutilado, con los
genitales arrancados y colocados en la boca.
* * *
A pesar de la paradoja
referida, Benito Juárez es, sin duda alguna, el más grande reformista y
presidente liberal en México durante el siglo XIX (¿y XX?). Fue justamente la
fatalidad de la nosotridad ontológica
lo que le permitió soportar todas las derrotas a las que se enfrentó y fue su
lectura ilustrada-zapoteca (una
ilustración paradójicamente cimentada en la nosotroredad, es decir, en la
diferencia (que es indiferencia) con
el otro y no en la igualdad ilustrada y su consecuente universalidad) la que le
permitió luchar contra las jerarquías, entre ellas, por supuesto, la eclesiástica y sus beneficios, jamás contra su
religión.
La primera decisión que Juárez tomó fue la de separar a la
Iglesia del Estado. Las leyes de Reforma confiscaron la riqueza de la iglesia
y, además, despojaron a la aristocracia y la milicia de sus tribunales
particulares, de tal modo que establecieron la prioridad en el derecho civil y
las leyes generales que, por vez primera, se pretendieron aplicar a todos de
manera igualitaria.
Pronto, las jerarquías conservadoras y la del clero
denunciaron, a través del partido conservador, la nueva sujeción del ejercito y
de la iglesia por el Estado y su ley. El laicismo de la reforma, que Juárez no
habitaba, como lo demuestra su declaración a la muerte de Félix Díaz, se activó
por la “resistencia de la Iglesia católica a la mínima pérdida de sus
privilegios, interpretados reiteradamente [—y aquí aparecen Ripalda y Morelos de
nueva cuenta—] como la esencia de la nación”:
La religión de la nación mexicana es y será
perpetuamente la católica, apostólica, romana. La nación la proteje por leyes
sábias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra.
.
Así pues, la reforma
liberal y sus leyes, en tanto que removieron la esencia de la nación
consistente en los privilegios de la Iglesia y la necesidad de Ésta para
revelar los Bienes de Dios se diluye y, en ese sentido, ocurre una redefinición
ontológica del país y una reforma moral (lo que ahora es legal también es
moral), en la que ya no se necesita de la Iglesia para estar con Dios y, con
ello, el estado y el hombre de la reforma renuncian a su sometimiento y también
a su intervención, así lo muestra el poema herético —herético desde la Iglesia—
de Fray Miguel de Guevara que, circulaba a mediados del siglo XIX:
No me mueve mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte
Mueve tú, Señor, muéveme al verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus angustias y tu muerte.
Muéveme en fin tu amor, de tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
El poder de la Iglesia, que
aseguraba puestos en el cielo a través de las
donaciones —bellísimo eufemismo— y los castigos de los cuatro infiernos se
diluye pues, si “ya no me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes
prometido […] y aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera
infierno te temiera”, la relación entre los mexicanos liberales y Dios se hace
diferente y, por ello, el estatus ontológico y epistémico del hombre cambia pues,
la relación hombre-Dios se hace directa, es decir, se diluye la distancia
heredada de la religiosidad católico-náhuatl
referida con anterioridad. Además, dicha disminución del poder de la iglesia ocasiona
que los dogmas católicos morales pasen a segundo término, pues el Estado laico
establece la nueva regla moral que se inserta en la retribución terrena, de tal
forma que ocurre una migración moral que va de la penitencia a las leyes de
reforma, de las obligaciones con la Iglesia a las obligaciones patrióticas, del
castigo divino —infierno— al castigo del Estado, del Estado clerical al Estado laico
Así pues, lo importante de la redefinición ontológica reformista
no es, por supuesto, la amortización de los bienes de la Iglesia, tampoco que
el registro civil y los cementerios pasaran a manos del Estado, ni siquiera las
reformas constitucionales, porque en realidad éstas son consecuencia de la
redefinición ontológica. Lo realmente importante es la migración moral que se
dio gracias al abandono —en la mayoría de los casos suspensión, en la minoría
supresión— de la sistemática de verdades que funcionaban como andamiaje teórico
axiomático y axiológico para entender, aprehender y desenvolverse en el mundo,
lo cual, dio pie a un deconstrucción del mundo —derrumbe ontológico— y la
consecuente construcción del nuevo mundo. Pues, como es bien sabido, para un
verdadero cambio no basta uniformar las conductas con leyes que el Gobierno
expida, tampoco basta con que se aterrorice a los ciudadanos con penas más o
menos terribles o prometer recompensas infinitas en el futuro, como lo hace la
religión: “Para que la conducta práctica sea, suficientemente armónica con las
necesidades reales de la sociedad, es preciso que haya un fondo común de
verdades que todos partamos, más o menos deliberadamente, pero de una manera
constante”
Este fondo común de
verdades —presupuestos filosóficos—, desembocó en lo laico, que no es más que
la estética, la moral, la epistemología, la ontología, la política, el hombre,
la mujer, dios, etc., sin la necesidad de la consagración religiosa para ser y, paradójicamente, se instaló en la
retribución terrena que habitaba —y habita— el sincretismo religioso católico-náhuatl pues, si el Estado ha
de juzgar y retribuir, esto sólo puede ocurrir en los márgenes de la vida
diaria y ya no después de ésta.
Así pues, las leyes de
Reforma que en un principio habitaban la utopía, se hicieron realidad gracias a
tres elementos fundamentales, a saber: primero, las victorias militares y políticas
que pusieron en evidencia la fragilidad práctica de los presupuestos
filosóficos conservadores; segundo, la redefinición ontológica propiciada por
los ideales ilustrados-mexicanos-liberales al convertirse en presupuestos
filosóficos, es decir, en fondo común de verdades y, tercero, la instauración
del estado laico y el consecuente cambio de paradigma que desembocó en el
establecimiento de la tolerancia que es libertad de cultos y de expresión,
libertad al final de cuentas que, como repetía muy a menudo Carlos Monsiváis,
sólo podía suspenderse, ante la intolerancia, es decir, “lo único que no se
puede tolerar es la intolerancia” y, quizá por eso mismo, Juárez no pudo
perdonar la vida de Maximiliano —nadie tan liberal como él— pues representaba
la intolerancia conservadora.